miércoles, 17 de agosto de 2011

El Hombre Creativo. Jorge Ballario.









Xul Solar


















Creencias e ideas



Según el diccionario, “creer” es dar por cierto una cosa que no está comprobada o demostrada, es la firme conformidad con algo. En cambio “certeza” es un conocimiento seguro y claro acerca de alguna cosa.

El sentido común indica que las personas deberían estar continuamente verificando o comprobando sus creencias para poder trasponerlas a la categoría de certezas, sin embargo esto, generalmente no es así.

Creemos en Dios, en un equipo de fútbol, en formar parte de un determinado país, comunidad, familia, etc.

En definitiva somos –entre otras cosas– lo que creemos. Nuestra identidad está compuesta por la totalidad de nuestras creencias; al cambiar alguna, se modifica una parte de nuestra identidad, de ahí la resistencia a dejar de creer, aunque nos pongan las pruebas sobre la mesa. La pérdida de alguna convicción –o la amenaza– se vive como pérdida de la identidad, de una parte de uno mismo, por eso se desencadena la angustia. Es como si en el plano físico viésemos peligrar un brazo o una pierna.

A nivel de las convicciones, el cambio representa peligro y activa un primitivo mecanismo defensivo “paranoide-depresivo”; esto significa que la situación de cambio genera al mismo tiempo un doble temor: un temor al ataque por lo nuevo aún desconocido y un temor a la pérdida de lo ya conocido, que cede su lugar a lo nuevo.

Pero las creencias no sólo están relacionadas con las concepciones políticas, religiosas o sociales, sino también con múltiples situaciones cotidianas como creer sí uno es querido o no, lindo o feo, capaz o incapaz, si va a ser despedido del trabajo o no, etc.

Complejizando un poco más, podemos dividir este aspecto en dos grandes categorías: por un lado, todas las creencias que uno posee con respecto a uno mismo, los otros, los objetos, las situaciones; y por el otro, todo lo que “uno cree”, acerca de lo que los “otros creen” con referencia a uno, otros, objetos y situaciones.

Cuando alguien dice “Yo creo en...”, deberíamos observar qué aspectos individuales –con sus necesidades, angustias y deseos– se encuadran detrás del “Yo creo” y de lo que ese Yo, cree.

Las ideas tienen una vida más superficial en la actividad mental, se conocen, se aceptan o rechazan sin tanto compromiso afectivo; en cambio las creencias –que originariamente pudieron ser simples ideas– están enraizadas con profundidad en el psiquismo, se hallan cargadas de afectividad y se defienden apasionadamente. Es muy frecuente que cuando alguien pasa de una actividad a otra que compromete su sistema de creencias, siempre se las arregle o ingenie para compatibilizar su acción con su pensamiento.

La gente cree en las cosas que en el fondo le gustan o necesita; selecciona “inconscientemente” entre las distintas alternativas para creer acerca de algún tema e incorpora la nueva opción a su bagaje de convicciones. Por ejemplo: alguien que perdió a un ser querido e inconscientemente se resiste al duelo puede comenzar a simpatizar con hipótesis sobre vida después de la muerte o bien inclinarse a ideas religiosas. Creer en la reencarnación a algunas personas les sirve para aliviar la angustia frente a la muerte; en el caso de la angustia de culpa, creer en el destino o la suerte –como determinantes absolutos– puede ser útil para apaciguarla, ya que con estas creencias se diluye en parte la responsabilidad individual.

Resumiendo, se eligen (consciente o inconscientemente) las convicciones más compatibles y viables con la personalidad e idiosincrasia; se opta entre las opciones que la vida o la experiencia personal ofrece.

Una de las funciones de las creencias, como así también de los prejuicios, racionalizaciones, etc. es ocupar el lugar que requeriría la certeza, para evitar con menor esfuerzo y en forma rudimentaria la angustia que genera la incertidumbre.

En algunos casos, el sistema de convicciones se convierte en una verdadera muralla defensiva frente a la angustia. Éste es un método precario y tiene un alto costo, ya que esclaviza a la víctima a sus convicciones y la sumerge en una tremenda rigidez mental.

Quedarse estancado con la idiosincrasia que uno posee, evitando férreamente lo nuevo por angustia es empobrecerse, y lo que es peor, condenarse a la mayor de las angustias que es la del fracaso, la mediocridad, o el no lograr proyectos o metas anheladas. Sería como exponerse a una enfermedad para evitar el dolor del pinchazo de una vacuna.

Los conocimientos nuevos con los viejos generan una síntesis, una integración, amplían las perspectivas. El hecho de destrabarse, de pensar de manera dinámica permite mejorar la creatividad; a mayor potencial creativo, mejor percepción de la realidad, más aptitud y talento para imaginar, concretar y resolver hechos nuevos, y además, mayor suficiencia para elaborar nuevos vínculos. En síntesis, mayores posibilidades de éxito en lo que se emprenda.

Por último, el familiarizarse con nuevos conocimientos y el palpar las ventajas de un inédito y original funcionamiento mental puede producir una potenciación del Deseo de saber, “fundamental para saber”.

De algún modo, el hombre expresa toda su actividad mental. El campo de la creatividad no escapa a esta regla. Es complejo no poder expresar el producto de la creatividad, es como desobedecer un mandato superyoico. De ocurrir, probablemente esta ebullición psíquica se vea obligada a transitar otra vía, sea ésta mental, orgánica o de la conducta, hasta tanto logre su destino final: la expresión. Tal vez estas sociedades sean esclavas de modos y fuerzas aún no del todo conocidas que presionan, o en todo caso priorizan un inexorable proceso expresivo sintomático.








Asociación y creatividad



La conducta se puede volver peligrosa y autodestructiva, en la medida que no ejerzamos la capacidad de verbalizar o toma de conciencia, de lo que ocurre en nuestras mentes. Las formas para desarrollar esa aptitud son variadas; están relacionadas con el psicoanálisis individual y otros tipos de terapias, los talleres grupales de reflexión, y todos los métodos que estimulen o aumenten la asociación y la creatividad. La primera para poder captar con más fluidez los sucesos mentales, y la creatividad para resolver problemas o generar otros modos y vías de expresión.

Pero el motor esencial de todo esto, pasa por el Deseo del individuo de incrementar su conocimiento de sí mismo –por los medios descriptos–, para lograr de esta manera mayor libertad y autonomía.

Al negar las responsabilidades individuales en los fracasos, culpando al destino o a la mala suerte, las personas abortan la posibilidad de aprender de sus errores, para poder cambiar y mejorar; se condenan a un funcionamiento repetitivo. Pero cuando un individuo comienza a ver todo lo que hay de él, involucrado en la mala o buena suerte, se sitúa en excelentes condiciones para modificar lo negativo y potenciar lo positivo, o sea, corregir lo que creía inmodificable.

Crear es redefinir, reestructurar, combinar de modos originales objetos, proyectos, ideas, experiencias.

La creatividad es una incursión en el caos infinito, aprehendiendo, limitando en tiempo y espacio un producto: el objeto de la creatividad. Los objetos de la creatividad no son cosas, son símbolos; estos objetos emergen en la medida que alguien los localice transformándolos de un modo original.

El Sujeto creativo posee la capacidad de incursionar fugazmente en el terreno del caos para atrapar algo, algo novedoso.

El caos ya no es únicamente desorden, sino fuente de novedad. Las crisis no son sólo desastres, sino también oportunidades. La pesadilla de un destino prefijado es hoy parte de los libros de historia.

El hombre creativo es uno de los pocos que se salvaría de la amenaza del desempleo; debido a que es en ese punto donde la informática, las máquinas, poco o nada pueden hacer; es allí también, donde el ser humano procuraría sobrepasar su propia condición.

Obviamente que no es simple transformarse en un ser creativo; pero tampoco es imposible. Probablemente el principal escollo radique en el axioma cultural que pregona “lo simple y lo breve”; al que podríamos responder contraponiéndole: lo opuesto?



Lo fácil y lo difícil



Lo fácil es todo aquello que se puede realizar sin gran esfuerzo y lo difícil no se logra sin mucho trabajo. Ahora bien, en general la gente tiende a realizar las cosas fáciles, no tanto las difíciles. Entonces, ¿qué ocurre cuando la mayoría se vuelca sobre ciertas actividades o elecciones de cualquier índole, con el mero requisito de que su realización o su comprensión sea tarea sencilla? Cuando esto ocurre, surgen categorías de actividades abundantes, motivo por el cual son menos valoradas socialmente que otras categorías que por ser más escasas, difíciles y además necesarias tienden a ser más jerarquizadas. Aquí vemos funcionar a nivel social, la ley de la oferta y la demanda que asigna valor a lo escaso y necesario, restándoselo a lo abundante y no tan indispensable; vemos también la relación que hay entre lo “difícil” y lo que justamente por ser complicado es “escaso”; de la misma manera, se hace clara la relación entre lo “fácil” y lo “abundante”.

Lo difícil implica un esfuerzo largo e intenso, o las dos particularidades juntas en proporciones variables. Lo difícil está en conexión con la “calidad” de un amplio abanico de posibilidades, cosas o situaciones, que van desde los artículos o servicios que se ofrecen en el mercado, hasta la calidad o éxito en los logros personales. Un producto de calidad requiere un mayor esfuerzo mental, físico y económico tanto al fabricante para producirlo, como al consumidor para adquirirlo.

Lo fácil en la mayoría de los casos no conduce a nada brillante. Podemos citar muchas elecciones en materia de actividades humanas, caracterizadas por la simpleza o la complejidad: revista de historietas vs. libro sustancioso, curso vs. carrera universitaria, viaje de placer vs. viaje de negocios, caminar vs. correr, etc. Las actividades complejas exigen más, pero dejan algo a cambio, correr es más trabajoso que caminar pero deja mejor estado físico; al igual que en este caso, al seleccionar lo más dificultoso podemos mejorar nuestro estado intelectual, económico, social, anímico o tantos otros. En otras palabras podemos obtener mejores frutos.

Claro que no todo es cuestión de esfuerzo y sacrificio, no hay que olvidar el viejo dicho criollo “más vale maña que fuerza” al que actualizándolo lo podríamos reemplazar por la palabra “productividad”, que implica organización, planificación, eficiencia, y que posibilita que el esfuerzo se reduzca a su mínima expresión, es decir, que el grado de dificultad requerido para lo que se emprenda disminuya, manteniéndose el grado de calidad pretendido.

Hay otras formas para transformar lo difícil en fácil, el mecanismo conversor se llama, según las circunstancias: deseo, motivación, vocación. Otro camino conversor es el nivel de conocimiento, familiarización y práctica de lo difícil, o sea el grado de aprendizaje obtenido.

Entonces la clave no reside en buscar las cosas simples, sino las más complejas transformándolas en fáciles por los medios indicados. Es de ese modo como se estaría más cerca de los senderos exitosos para determinados objetivos.

Otro aspecto de lo difícil que conviene analizar, lo constituye el hecho de que es mucho más arduo lograr que las cosas salgan bien que mal, digamos que para que algo salga mal es suficiente con no hacer nada, eso sólo es casi garantía absoluta de fracaso, en la medida que más intervenimos (“bien”) en algo, es tanto más factible el triunfo. Esto es así, debido a que, al igual que en una rifa –en la que participamos–, las combinaciones numéricas necesarias para ganar son muy pocas en relación a las combinaciones posibles.

Comparando el sorteo con las actividades en general, debemos introducir dos cambios fundamentales: primero, los números de la rifa por “las variables intervinientes” en las actividades en general, y segundo, el azar por “la intervención personal” sobre dichas variables.

El éxito es mucho más probable, en la medida que uno elija un camino y un objetivo, lo más acorde posible con las características personales y con los deseos más profundos, utilizando en forma armoniosa e inteligente toda la energía motivadora en ese sentido, administrando racional y oportunamente las modificaciones imprescindibles para preservar y afianzar el rumbo.

Por supuesto que no es tarea sencilla, pero también es bueno recordar una vez más, que lo fácil y la calidad no van de la mano, por lo menos en la primera etapa del aprendizaje; luego en el marco de influencia del conocimiento, de la habilidad, de la capacidad y de la experiencia, seguramente resultará mucho más simple.

Casi siempre encontramos en la dimensión de lo social, un correlato de la vida individual. En este caso podemos destacar una de las peculiaridades que distingue a las sociedades desarrolladas de las subdesarrolladas, y es su capacidad institucional y cultural para integrar, legitimando los cambios necesarios que se requieren para el sostenimiento del desarrollo.

El éxito es ante todo un estado mental que se “expresa” en una “conducta exitosa”. Si uno tiene una “certera representación mental” de una realidad específica, que puede ser un negocio, un proyecto, etc. y tiene la “capacidad de llevarla a los hechos” tal cual es, el triunfo estará asegurado salvo una fatalidad, que por otra parte, para muchas de ellas, se pueden tomar recaudos.