lunes, 13 de septiembre de 2010

Faros " La primera llama con intención de guiar"








Fotografia: Erick Ramos Faro de Nassau




" Cuando el viajero Ilustrado respira Mar,siempre pregunta por el Faro.

Y cuando lo encuentra, confirma esa estirpe silenciosa y prolija, esa belleza con luz propia"






Los faros del mundo




Desde la primera antorcha que alertaba a los navegantes sobre los peligros de los accidentes geográficos hasta el Faro de Punta Médanos, un recorrido por la historia y la ubicación de estas bellas y evocadoras construcciones.




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Los viajeros suelen estar tan atados a convenciones y planificaciones que muchas veces dejan pasar ante sí hitos de la humanidad que aúnan historias legendarias, bellezas arquitectónicas y no poco espíritu romántico.


El Viajero Ilustrado ama los faros, lo que representan, lo que contienen, sus variadas formas y sus mitologías.


No escapa a casi nadie que la palabra faro tiene connotación de destino, de objetivo, de señal; pero como sabe el Viajero ese significante está dado por un objeto concreto, el faro. Sin embargo, la palabra no remite a ninguna de esas cosas ni siquiera al fuego original que alimentaba a esos testigos de las soledades.

La primera llama con intención de guiar y alertar a los navegantes se encendió en unos grises peñascos de la isla de Pharos, ubicada frente al puerto de Alejandría, en Egipto, y actualmente unida al continente. En su costa oriental, hacia el siglo III a.C., se levantó una torre que sostenía una fogata. Luego, por extensión, se dio ese nombre a cualquier tipo de señal luminosa que sirviera para ayudar a los navíos a esquivar los accidentes geográficos.

El llamado El faro de Alejandría, montado sobre una torre de 180 metros, estaba recubierto de mármol y su hoguera, durante la noche, podía verse a 55 kilómetros de distancia.


El fuego era alimentado con leña y resina, y según la leyenda, su constructor, Sostratos, buscó para los cimientos un material que resistiese el agua del mar, por lo que lo terminó construyendo sobre gigantescos bloques de vidrio. Hacia el 1300, el gigante se cayó y el mar devoró sus restos que aún hoy se buscan en vano.

El diseño y los materiales para la construcción de los faros dependen del sitio donde se empla zan. Deben respetar dos condiciones: una torre de soporte sólido y una altura considerable sobre el nivel del mar.

Mientras algún soñador busca o reconstruye el Faro de Alejandría, El Viajero sabe que en el extremo sur de la Argentina se erige uno de los más celebres, el renombrado Faro del Fin del Mundo, en la Isla de los Estados, y que es una réplica exacta del faro construido por la Armada Argentina en 1884, y desafectado en 1902.


Fue el primer faro de las costas australes argentinas, pero sólo brilló durante 18 años.


Funcionaba en un edificio circular, hecho de madera de lenga, pero debe su fama no a su serena belleza sino a su papel protagónico de una de las más entretenidas aventuras de Julio Verne: "El faro del fin del mundo".

La larga y accidentada costa argentina tiene una importante tradición de faros, como el de Punta Delgada, en Península Valdés, a 114 metros sobre el nivel del mar y con un alcance de aproximadamente 54 km y que hoy es un complejo turístico. También vale la pena el desvencijado pero estoico faro de Punta Médanos, cerca de las playas del Tuyú, construido en madera y chapa a finales del siglo XIX.

El faro de Chipiona, del siglo I, es el más alto de España, con 67 metros de altura y 340 peldaños y no se puede eludir el faro de Porto Pi, aún en funcionamiento, en la entrada de Palma de Mallorca. Se cuenta que cuando hace siglos se sustituyó la hoguera de madera por el aceite vegetal, los agricultores mallorquines debían contribuir al mantenimiento de la luz del faro con una determinada cantidad de aceite.

Pero sin duda lo que más disfruta El Viajero es cuando además de visitar el faro y de enseñorearse como un farero experto, puede pernoctar en él.


Esta idea, como sabe El Viajero, ya anidó en muchos soñadores, y hoy es posible, en varias ciudades secretas, dormir o deambular en una habitación acosada por los ramalazos de un mar infinito

Si bien todos los faros tienen su ganada fama, son aquellos ubicados en puntos extremos lo que concitan la atención y el mayor afecto.


El faro de Byron (en honor al marino, abuelo del escritor homónimo, que supo andar por nuestra Patagonia) señala el punto más occidental de Australia. Pero si tiene que elegir, El Viajero se extasía ante la platea privilegiada del Cape Point, en el Cabo de Buena Esperanza, donde chocan, se abrazan, se apretujan y se mezclan, como diría Oliverio Girondo, los océanos Atlántico e Indico, en la frontera más austral de Africa.

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